“Deseo… que ninguno de tus afectos muera,
pero que si muere alguno, puedas llorar
sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.” Víctor Hugo
Hay sucesos que sencillamente son inevitables, cosas que no pueden cambiar aunque uno quiera. Nada más atinado que esto “existen cosas que una quisiera ser/hacer, pero no todo lo que queremos es lo que podemos”. Yo no pude evitar lo que sucedió. Simplemente ocurrió.
Sentada en esa silla, mirando con atención, escuchando. Quedé absorta desde que se quitó los lentes, sabía que a ese acto no podía seguirle un buen discurso. Sé que no hay bondad o maldad en el discurso, el discurso es solo eso, un discurso. Entraron cada una de sus palabras por mis oídos, dejé de sentir. No sentí nada. Nada.
Cómo le iba a repetir esas palabras a él. Ese se convirtió en mi único interés. Y salí, con un par de cápsulas en la bolsa de mi chamarra, pensando únicamente en llegar hasta sus brazos. Despareció la gente, los autos, los muros, en realidad me sentí como en un túnel, no veía nada más. Sabía que si continuaba avanzando lo encontraría a él. Y así fue, bastó con verlo para desplomarme entre sus brazos, para liberar el llanto, para comenzar a sentir.
Tuve que regresar a mi estado de insensibilidad, tomé camino y llegué a casa, no pude recostarme, no pude sentarme, no pude buscar un hueco en donde encontrar calma. Hice mi maleta, tomé el par da cápsulas y volví con el de los lentes.
Jamás imaginé que alguna cosa pudiera doler tanto, su pérdida me dolía en el cuerpo y sigue doliendo en el alma. Sobreviví a mi dolor físico, estoy luchando mucho por vivir día a día. Y por días la lluvia no para.
"Madre a dónde van los niños que ha perdido la cigüeña en el camino,
es verdad que si no nacen van al limbo¿? Madre a dónde van los niños...
Ahora sé a dónde iban los globos que escapaban de mis manos los domingos,
van a los cumulus nimbus a jugar con los niños del limbo" La Vieja Inés.